Y diles pues que fui la peor de todas,
que jamás te erizó un llanto mío
que, como siempre, di nada
que de hoy a mañana me come el olvido
Afortunada tú,
yo prefiero mirarte callada
Y diles pues que fui la peor de todas,
que jamás te erizó un llanto mío
que, como siempre, di nada
que de hoy a mañana me come el olvido
Afortunada tú,
yo prefiero mirarte callada
Rotunda soledad, recuérdale a menudo por qué no quiero verla, por qué prefiero tus brazos mujer, por qué prefiero sentirme desolada; todo sabe mejor cuando no se espera nada, el golpe duele cuando se espera mucho.
Ella estaba sentada justo afuera del cubículo de Alcohólicos Anónimos y su preocupación era irse o permanecer ahí, ¿llegaría la hora?
Sentada entre el ruido de los carros y el pasar de la gente, quería que alguno de esos ruidos fuera el de sus pasos pisando el asfalta, el de sus brazos cortando el aire, o que alguna de las sombras que atravesaban su mirada fuera la de su cabello movido por el viento. Pero pasaba el tiempo, el reloj implacable no se detenía y sus pasos no llegaban ¿qué pasa? te preguntaste asustada. Sentiste de pronto que por fin era ella, la que esperabas, aquella que había traído tus pasos hasta aquí, pero no, levantaste la vista y no era su cuerpo, no eran sus manos, demonios ¿dónde está? volviste a preguntarte en un grito interior ¿será que jamás vendrá, que alucinaste su llamada, qué en vano esperaste su mensaje? Algo en ti crecía como una mala hierba entre el pasto verde, algo corriente, algo que no iba con el sentimiento habitual. De pronto creíste que el tiempo se había detenido, ya no te importaba que fuera tarde, que te hubiera hecho esperar, querías ver su mirada cansada, sus ojos buscando una disculpa, una esperanza, una excusa. Pero nada llegó, ni la mirada, ni la esperanza ni la excusa.
Sin más te levantaste, en el camino soñaste encontrarla, pero el paso de la luz no dio respuesta a tus pupilas, decida a marcharte recogiste tus pies, aún conservabas la esperanza ¿te detendría cuando cruzaras por su puerta?

Hoy una infantil nostalgia me arrolló la tarde
¿y a partir de ahora cuántas tardes más?
Maldita costumbre y maldito final
Maldigo todo y reprocho con furia,
y grito al viento que echaré de menos muchas tonterías
y que deseo volver, y estar en el principio,
y al ritmo de Lavaniegos “desaprender todo lo aprendido,
nada saber para entender todo,
olvidar cada palabra que cruzó mi oído…
Parece absurdo el conflicto
y parece aún más que no sea por María,
por la eterna María
Cuando a la manzana se le hace costumbre colgar del árbol
se pudre ahí, colgando, aferrada,
y al final si ella no cae el árbol la tirará,
como quien extirpa un cáncer,
como quien suelta lo inservible
Un ciclo cerrado y punto de partida según María José Hernández;
pero qué difícil es seguir un texto después de un punto final,
siempre he preferido el punto y seguido, o los tres suspensivos,
todos menos el final,
el que perturba, el que exige una pausa más larga,
prolongada, hasta el nuevo inicio, hasta recargar la tinta
Maldita situación exasperante,
maldito tiempo que no puedes detenerte o regresar
¿Qué demonios te falta para aprender a hacerlo?
¿Qué pides?, ¿acaso más arena?,
¿un cuerpo en reloj más perfecto que el de la mujer?
Pides demasiado, pides lo que te pido,
pides lo imposible,
pero yo te pido maldito, haz lo posible,
en todo caso regrésame las lágrimas…
Vuélvete que nada te cuesta,
acaso un par de horas perdidas, para mí ganadas…
Y estoy en ceros otra vez,
sentada, mirando el aire, el tiempo, las cuatro paredes
entre eso tu rostro María
y regresa la manía de sólo pensarte,
de buscar palabras que rimen con tu nombre,
de sentir nostalgia, de imaginar en tu cuerpo la arena del reloj…

